La sede de la asociación estaba dentro de una rotonda. Exactamente, en el primer piso de una casita que alguien, en lugar de poner una escultura, había decidido construir en la rotonda que hay entre la avenida Aragón y el cauce del río, y que acogía una asociación dependiente del ayuntamiento. Me gustaba trabajar en medio de aquella rotonda. Como una pequeña aldea gala entre el caos del tráfico. Y me gustaba hablar con el señor Nicolás, un sexagenario que se encargaba de que nunca faltara café, de hacer clippings de prensa con faltas de ortografía y de mascullar que el puesto que tenía la jefa antes era suyo, pero que por lo visto ella tenía las piernas más bonitas. Pese a todo, me gustaba escuchar sus historias antiguas y cómo se atragantó una vez comiendo pipas y por eso desde entonces no podía verlas sin santiguarse. Como aparcar era difícil, solía ir en bicicleta. No me costaba más de 15 minutos. Uno de esos días, mientras fregaba justo antes de salir de casa, me manché mi camisa negra favorita con un poco de lejía. Con el alto sentido de la responsabilidad y el nulo de la estética que me daban mis veinte años, prioricé la puntualidad a la apariencia y, en lugar de cambiarme, cogí mi bici y salí. Al llegar, justo ese día, había una reunión importante y -mala suerte- me abrió la puerta el concejal que dirigía la asociación. Me miró de arriba a abajo -camisa negra manchada de lejía, bici en mano y cara roja por el pedaleo y las prisas- “No queremos propaganda de ONG´s”, me dijo. Le expliqué que no venía de ninguna ONG. Que acababa de empezar allí a trabajar y que sentía llegar un poco tarde. “Pues si quieres seguir aquí, deberías cuidar un poco más tu imagen y tu aspecto”, me dijo, mientras el señor Nicolás, parapetado tras sus periódicos, asentía y me hundía aún más ratificando en silencio. Y así dejaron de gustarme las rotondas, el señor Nicolás y las camisas negras para ir a trabajar, todo el mismo día.