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El camarero mientras llena alegremente las copas explica que para todos los
miembros de la tripulación es un placer hacer que su crucero sea una experiencia
completamente exenta de preocupaciones y tratarlo a usted como a un invitado de
honor. Pero esto no es lo que yo puede observar.

Lo que yo observé es que era un
barco realmente estricto, gobernado por un cuadro superior de oficiales y supervisores
griegos durísimos, y que el personal inferior vivía en un estado de terror mortal hacia
aquellos jefes griegos que los miraban todo el tiempo con ojos inexpresivos, y que el
trabajo de la tripulación era duro hasta extremos dickensianos, demasiado duro para
verlo con alegría.

Mi impresión es que la Alegría figuraba junto con la Rapidez y el
Servilismo en las hojas de evaluación de los trabajadores que los jefes griegos
estaban todo el tiempo rellenando; cuando sabían que no había pasajeros mirando,
muchos trabajadores mostraban esa clase de tedio amargado que uno asocia con los
empleados mal pagados en general, además de miedo.

Mi impresión es que un
empleado podía ser despedido por un error muy pequeño, y que ser despedido por
aquellos jefes griegos podía incluir recibir una patada en el culo propinada con un
zapato muy reluciente y después un trayecto muy largo a nado por el mar. Lo que
observé es que los trabajadores inferiores sentían cierto afecto hacia los pasajeros,
pero era un afecto por comparación: incluso el pasajero más absurdamente exigente
parecía amable y comprensivo en comparación con las tendencias tiránicas de los
aquellos jefe griegos, y la tripulación parecía genuinamente agradecida por ello, del
mismo modo que resulta conmovedora la decencia humana básica cuando la
encontramos en Nueva York o en Boston”.

de “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” por David Foster Wallace