Compro vehículos de segunda mano a las compañías flotistas para luego revenderlos a particulares. En las negociaciones con las compañías empleo tres afirmaciones fundamentales. 1) “yo vengo a comprar”, con un toque de solemnidad, es decir, declaro inequívocamente que si no hay acuerdo ha sido culpa de su falta de voluntad, porque no olvides que yo venía a comprar. 2) “lo que pasa es que tienes una diferencia de precio más alta respecto a mercado que no puedo justificar”, o sea, crear una fuerza superior a la que es imposible que podamos vencer, por tanto es estúpido que se enfrenten conmigo. 3) ”me gustan vuestros coches pero hay un problema, y es que acaba de salir a la calle un lote grande como los vuestros con el mismo precio pero un año más jóvenes”, es decir, bájame aún más el precio porque lo manda el mercado, no es que lo pida yo. Los jefe de flota de las empresas flotistas no pueden conmigo en la negociación, es una cuestión de dolor: cada euro que saco de más o de menos lo siente mi pequeño bolsillo, mientras que cada euro que pierde el negociador de la compañía es un detrimento asumible por la empresa, cuyo mayor deseo es quitarse el coche usado de encima como sea.